
Habían quedado en juntarse a la hora señalada en un café de plena Avenida Corrientes, el núcleo del centro porteño. El primero de los dos miró el reloj y apuró el paso, sabiendo que las calles se amontonan en el momento que la campana de la catedral metropolitana hace sonar las seis y los esclavos de la rutina de oficina salen disparados hacia la libertad. Eran sólo un par de cuadras, pero el aglomeración de gente hacía el tránsito lento, incluso para los peatones.

Es doloroso, para la mayoría de los jugadores de la generación del ’78, enfrentarse a la creencia popular que indica que la Copa del Mundo de aquel año fue parte de un arreglo que perpetuó la nefasta dictadura argentina encabezada, en ese entonces, por Jorge Rafael Videla (con nombre completo para que no nos olvidemos de tan despreciable personaje). Tal cual pregonaba el régimen NAZI, de otro habitué en las páginas negras de los libros de historia, los propios tenían que ser superiores, incluso en el deporte. 


La mañana es gris y la lluvia amenaza con oscurecer, aún más, el panorama, como casi siempre en la ciudad de Londres. Afuera, un silencio de luto, tan notable que si alguien quisiera hablar, sus palabras se ahogarían en la tristeza y morirían sin ser escuchadas. Adentro, un vacío tan estrepitoso, capaz de chuparle el sonido a todas, y cada una, de las letras que el abecedario nos regala para poder expresarnos en la cotidianeidad.


